Al son de Beno Records
El interés principal de esta disquera es promover y difundir la música del legado histórico de grabaciones de Beno Lieberman, la mayor parte desconocidas, por medio de la producción y difusión de proyectos discográficos LP en vinil, del amplio acervo de Beno, con música tradicional principalmente de México, pero también con ejemplos inéditos de gran riqueza cultural de Panamá, República Dominicana, Haití, Belice, entre otros.
Una de la intenciones de la disquera es tender un puente entre la tradición histórica presente en la grabaciones de los años 60 a 80, con músicos actuales, que con su música dan continuidad a los valores culturales presente en las grabaciones de Beno, con su gran talento y excelente calidad interpretativa.
SONTRACK ORIGINAL DE LA PELÍCULA AL SON DE BENO
Este álbum que fue nominado al Grammy 2025 por mejores notas de un álbum por Josh Kun, es el resultado de un rescate de los acervos musicales del eminente musicólogo mexicano Beno Lieberman, principal responsable de la legendaria Antología del Son de México en 1981. Grabaciones de campo de música tradicional inédita, descubierta por su hijo Ilán, de autores desconocidos hasta ahora. Incluye 24 piezas musicales del acervo de Beno Lieberman, 17 de ellas inéditas y todas masterizadas por Leo Heiblum, desde las primeras pirekuas grabadas en Jarácuaro, Michoacán en (circa) 1963, pasando por sones huastecos, jarochos, de arpa grande, del Istmo de Tehuantepec, tres sones blueseros de la Costa Chica del increíble dúo Damián-Calleja, y una canción escrita e interpretada por Beno mismo, grabada poco antes de su muerte en 1985.
El booklet a color contiene las letras de todas las canciones y fotografías desconocidas de su acervo personal, así como el profundo ensayo de Josh Kun.
Track List
LADO A
LA JOSEFINITA –Antonio de la Cruz, Tomás de Jesús. Narración: Sergio Guzik. Jarácuaro, Michoacán • Circa 1963
LA SANDUNGA –Guitarra y voz: Bolívar. “El pesebre”, Ciudad de México • Septiembre de 1964
LA PASIÓN –Trío Tamazunchale.
Violín: Carlos Castillo Villeda, Huapanguera y voz: Salvador Arteaga Pérez, Jarana y voz: Juan Delgado Ramírez. Tampico, Tamaulipas • 25 de marzo de 1978
LA INDITA –Jarana y voz: Daniel Cabrera Delgado. Mandinga, Veracruz • 1 de noviembre de 1983
LA PETENERA –Jarana y voz: Daniel Cabrera Delgado. Mandinga, Veracruz • 1 de noviembre de 1983
LA MALAGUEÑA –Los Marineros de Apatzingán. Primer violín: Jesús Espinoza Mendoza. Segundo violín: Paulo Naranjo Rodríguez. Arpa: Rafael Zavala Chávez. Guitarra de golpe: José Cuevas Contreras. Vihuela: José Espinosa Valencia. Apatzingán, Michoacán • 28 de diciembre de 1977
EL BEJUQUITO –Los Cantores de la Sierra. Violín: Fortino Hernández. Huapanguera y voz: Marcos Hernández. Jarana y voz: Joel Monroy. Ciudad Valles, San Luís Potosí • 31 de diciembre de 1971
LOS CHILES VERDES (TOMA I) –Jarana: Abacúm Fernández Tamariz, Huapanguera: Reveriano Soto Gaona. María Andrea, Puebla • 12 de septiembre de 1975
LADO B
LOS CHILES VERDES (TOMA II) –Jarana: Abacúm Fernández Tamariz, Huapanguera: Reveriano Soto Gaona. María Andrea, Puebla • 12 de septiembre de 1975
LA MARIQUITA Conjunto de Bardomiano Flores. Violín: Bardomiano Flores Frías.
Guitarra y voz: Nicolás Salmerón García. Guitarra: Fabián Arévalo Balandrano. Guitarra y voz: Leoncio Balandrano Alonso. Tamborita: Fausto Rojas Martínez. Tlapehuala, Guerrero • 26 de febrero de 1978
LA ROSITA –Natalia Valdéz Flores con el Trío Renacimiento Huasteco. Violín: Aureliano Orta. Huapanguera: Leonardo Reyes Domínguez. Jarana: Damián Rivera Gómez.
Pánuco, Veracruz • 22 de marzo de 1978
MI BIEN YO NECESITO –Bajo quinto y segunda voz: Francisco “Chico” Damián. Primera voz: Ciro Calleja. Copala, Guerrero • 3 de febrero de 1974
PAJARILLO JILGUERO –Bajo quinto y segunda voz: Francisco “Chico” Damián. Primera voz: Ciro Calleja. Copala, Guerrero • 30 de diciembre de 1972
LADO C
LA MALAGUEÑA CURREÑA –Los Hermanos Molina. Guitarra sexta y voz: Francisco Molina Gallardo, Julián Molina Gallardo y Macario Molina Gallardo. Cruz Grande, Guerrero • 1 de febrero de 1974
LA MALAGUEÑA CURREÑA –Guitarra sexta y voz: Ismael Añorve. Cuajinicuilapa, Guerrero • 5 de febrero de 1974
LA LLORONA –Requinto y voz: Fortino Barroso. Guitarra sexta y voz: Porfirio Romero.
Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca • 7 de febrero de 1981
LA MARTINIANA –Requinto y segunda voz: Alberto Ríos Ojeda. Guitarra sexta y primera voz: Plutarco Ríos Ojeda. Salina Cruz, Oaxaca • 8 de febrero 1981
LA MORENITA ENCANTADORA –Bajo quinto y segunda voz: Francisco “Chico” Damián. Primera voz: Ciro Calleja. Copala, Guerrero • 3 de febrero de 1974
LADO D
EL SUBE Y BAJA –Los Rayos del Norte. “El pesebre”, Ciudad de México • Agosto de 1963
EL GALLO DE ORO –Conjunto Venezuela (Los Colorámicos). “El pesebre”, Ciudad de México • Mayo 1963
EL CAIMÁN –Trío Guastepán. Violín: Raúl Guzmán Tolentino. Huapanguera: Jesús Aleksander Gómez Ortiz. Jarana: Carlos Guzmán Tolentino. Pánuco, Veracruz • 14 de mayo de 2021
LA PASIÓN –Trío los Rancheros del Pánuco. Violín: Genaro Martínez Alonso. Jarana y voz: Rafael Gómez Rocha. Huapanguera y voz: Adolfo Hernández Pérez. Pánuco, Veracruz • 20 de septiembre de 1974
HANGSMAN –Guitarra y voz: John Joast. “El pesebre”, Ciudad de México • 29 de abril de 1964
SHMA BNI –Composición, arreglos, guitarra y voz: Beno Lieberman. Violín: Adir Askalón. Tecamachalco, Estado de México • Circa 1984

Renovar el viejo mundo-este es el deseo más profundo del coleccionista
Walter Benjamin
Esta es una historia de padre e hijo. El hijo protege al padre contrabandeando la pistola del padre en su maleta para ocultarla de los agentes de aduanas. Más tarde, el padre utiliza la pistola para pegarse un tiro en la cabeza. Ahora que es mayor, el hijo quiere saber quién fue su padre y, dado que el padre pasó gran parte de su vida grabando a otras personas haciendo música, al hijo sólo le queda un recurso verdadero. El hijo debe escuchar lo que grabó su padre. Debe escuchar todo lo que su padre grabó. Porque cuando escucha todo lo que su padre grabó, toda la música hecha por otras personas, está escuchando a su padre escuchando. La forma en que escuchamos puede delatarnos. Puede abrir una puerta. El hijo, que ahora tiene la misma edad que su padre cuando éste se quitó la vida, hace una película sobre su padre escuchando, vuelve a hacer los viajes de su padre a todos los lugares a los que su padre fue a escuchar. Escucha donde escuchaba su padre. Conoce a los músicos que escuchaba su padre. Elige canciones que su padre grabó para la banda sonora de la película de su hijo. Ahora su padre escuchando es la partitura de él escuchando para su padre. Ahora el son’-tipo de canción que su padre amaba por encima de todas las demás canciones- se ha convertido en la partitura del hijo encontrando a su padre y encontrándose a sí mismo, la partitura de esta historia de padre e hijo.
Baruj “Beno” Lieberman nació en 1932 en Aguascalientes y creció en Ciudad de México. Sus padres, judíos polacos, habían emigrado a México una década antes, dejando atrás una Europa oscura que pronto se oscurecería más. Durante la Segunda Guerra Mundial, gran parte de su familia pereció en esa oscuridad, y en 1949 Beno fue enviado a Israel a vivir en un kibutz con su hermana y su primo. Cumplió el servicio militar obligatorio como topógrafo -pasaba los días pensando en la tierra y el territorio y en cómo legamos a saber quiénes somos a través de nuestra relación con los valles y las regiones y los giros en el camino- y empezó a escribir y coleccionar canciones. Quizá pensó en lo difícil que es describir la tierra con sólo mirarla. Quizá para describir la tierra, para entenderla, para ir más alá de la superficie de un territorio, algún día tendría que escucharla.
Regresó a México en 1959 y se inscribió en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estudió física y formó su primer grupo musical, El Coro de la Facultad de Ciencias. En la década de 1960 fundó la Asociación Mexicana de Folklore AC, conocida como El Pesebre, un influyente centro de música tradicional mexicana que rápidamente se convirtió en un nodo clave de una red folclórica internacional. Empezó a hacer grabaciones aquí y allá, pero en 1971 empezó en serio: la obsesiva y maníaca misión de diez años de Beno por grabar la música folclórica de México, un país que era y no era suyo, por ser su topógrafo sónico y conocer la tierra a través de las canciones que canta su gente. Empezó en Ciudad Vales, San Luis Potosí, grabando una serie de tríos huastecos, y luego el mapa se desplegó rápidamente: Querétaro, Veracruz, Hidalgo, Guerrero, Tixtla, Costa Chica, Oaxaca y las hirvientes profundidades de la Tierra Caliente. En cada región, recorrió caminos de terracería. Se adentró en el campo. A pie y a caballo. Pueblito por pueblito. Alende de las sombras de las ciudades. Rociaba insecticida en los micrófonos para evitar que los bichos zumbaran en sus grabaciones. Beno se financiaba todo él mismo (sin becas universitarias, sin ayudas de ONGs, ni fondos de museos) y hacía los viajes los fines de semana y durante las vacaciones, cuando no trabajaba en la fábrica de plásticos que tenía en la capital. Tuvo muchos compañeros de viaje a lo largo de los años, entre elos sus socios más leales, Enrique Ramírez de Arelano y Eduardo Llerenas, cuyo trabajo como ingenieros de sonido, grabadores y productores da forma a la mayor parte de la música que se escucha en este álbum. Pero el sueño febril de capturar el corazón musical de México pertenecía, exclusivamente, a Beno.
¿Qué buscaba? ¿Qué quiere el folclorista del folclor? Por supuesto, estaba la misión cultural: documentar, preservar y celebrar la música tradicional de México. Las grabaciones han sido reconocidas por la UNESCO por su valor cultural como patrimonio, y todas las cintas de Beno se encuentran ahora en la Fonoteca Nacional, resguardo del patrimonio sonoro de México. Misión cumplida. Pero, ¿qué hicieron las grabaciones para el propio Beno? El musicólogo Dylan Robinson define la escucha de los folcloristas y etnólogos que recopilan grabaciones de campo como “escucha hambrienta”. ¿De qué tenía hambre Beno? ¿Dónde está él en toda esta música hecha por otros?
Cuando escuchamos las grabaciones reunidas aquí, oímos al Trío los Rancheros del Pánuco, oímos a Los Marineros de Apatzingán, pero también oímos a Beno. Su forma de estar, de llevar los auriculares, los músicos que elegía. Escuchaba algo que lo levaba de vuelta a sí mismo.
“Hay en la vida de un coleccionista una tensión dialéctica entre los polos del desorden y el orden”, escribió Walter Benjamin un año antes de que naciera Beno. ¿Hizo Beno y coleccionó estas grabaciones para crear un orden para ellas, o un orden para si mismo? ¿Fue un desorden interno lo que le levó a grabar más de mil cintas? Benjamin sostenía que en cualquier colección lo que realmente vemos no son las cosas en sí, sino la biografía del coleccionista: “es él quien vive en ellas”. Nueve años después de escribir su ensayo, huyendo de la oscuridad que borró a tantos en la familia de Beno, Benjamin se suicidó en la frontera entre Francia y España. Dos años después de que Beno completara la mayor parte de sus grabaciones mexicanas y, pocos días después del terremoto de Ciudad de México, también se suicidó. Puede que las grabaciones no fueran suficientes. Quizá el desorden fue demasiado. Esto también forma parte de la fiebre del coleccionista: cuando uno colecciona para coleccionarse a sí mismo en una fantasía de orden, cuando uno escucha para combatir el desorden, cuando la música hecha por otros es tu única medicina, a veces ninguna cantidad de acumulación será suficiente.
El resultado más famoso de la recopilación de Beno es la monumental Antología del Son de México, seis álbumes que presentan ocho variaciones del son mexicano a través de nueve distintos estados mexicanos. Hay más de tres horas de sones en la antología, más de tres horas de violines y arpas y cuerdas en abundancia (huapangueras, jaranas, requintos, bajo quintos, guitarras), más de tres horas de coplas y décimas en rima, más de tres horas de voces que se quiebran en falsetes de otro mundo, voces que armonizan y laman y responden, voces que suenan como la tierra y la suciedad y el polvo. El son se revela menos como un género fijo o una forma musical invariable y más como un clima con sistemas meteorológicos fluidos; hay son, pero nunca hay un solo son. Las notas en la reedición de la Antología de 1985 -que insisten en que los campesinos rurales deben ser apreciados como el centro de la música mexicana, no como sus coprotagonistas marginales- argumentan que hay cinco características comunes a todos los sones: son generalmente anónimos (las canciones no tienen una autoría clara); son orales y no están escritos; existen en multiples interpretaciones y versiones; representan la tradición; y siguen vivos y en uso, circulando dentro de las comunidades contemporáneas.
Si el son fue originalmente un producto español del siglo XVI, la Antología es una antología de sus muchos y poderosos retornos mexicanos a través de la red de conquista-Andalucía y Extremadura en consonancia con el istmo zapoteca y el Río Balsas. Publicada por primera vez en 1981, fue la primera en su tipo. Completa, centrada en los géneros y recopilada longitudinalmente como ninguna otra compilación musical mexicana lo había hecho antes, la Antología tiene ahora estatus de culto en México. Sigue siendo una especie de texto sagrado, un libro de consulta del son que se ha transmitido y revivido a través de las generaciones (¿sería demasiado, Baruj, llamarla una Torá musical que ha inspirado más de un Talmud?). Cualquier aficionado serio a la música mexicana tiene al menos una copia de la Antología, y los auténticos la tienen en vinilo, casete y CD, y luego, cuando están de viaje y quieren que esté en todas partes, también la descargan en streaming.
Después de que la Antologíase publicara por primera vez con notas de su viejo amigo de la UNAM y afamado escriba musical Federico Arana, Beno decidió editar su versión que incluyera sus propias notas. En un florido ensayo mecanografiado explica su visión del valor de la antología como recipiente de la tradición cultural (“Como dicen los huicholes: el día que se olviden las costumbres de los padres, cuando se dejen el vestido blanco y las cruces cardinales, no volverá jamás a salir el sol”) y como proyecto dedicado a la preservación y difusión de la belleza. “Buscábamos la belleza y lo cierto es que la encontramos”, escribió Beno, “la capturamos y la hemos revivido en múltiples ocasiones de tertulia, saboreando ese recio y sobrio, orgulloso y tenue ‘sabor de antiguo’ que nos cuenta de valores fundamentales”. En cierto modo, la Antología de Beno recuerda a otra antología, una publicada tres décadas antes en el norte, al otro lado de la frontera, Anthology of American Folk Music, dirigida por Harry Smith, un excéntrico coleccionista con una fiebre como la de Beno. El escritor Greil Marcus ha sugerido que, al reunir los tres volúmenes y las ochenta y seis canciones de su antología, Smith no sólo creó un álbum, sino su propio país, “un Estados Unidos viejo y extraño” por el que abogaba y que deseaba que sus escuchas conocieran.
La Antología tuvo un efecto similar. Beno y sus compañeros crearon su propia república sonora: un México viejo y raro que quisieron asegurar del olvido.
El académico Raúl Fernández, en un ensayo sobre el son cubano (primo del mexicano), sugiere que el son tiene una ontología propia. Del mismo modo, la Antología del Son de Beno es también una ontología del son, un estudio de caso del son mexicano como filosofía de la existencia y del ser. ¿Qué es la existencia según el son mexicano? El amor, mucho amor -amor no correspondido, amor perdido, amor que consume- y los estados del ser que lo acompañan, el triste, el llorar, la pasión. El son no los presenta como ráfagas rápidas de afecto, sino como formas de vida extendidas, como campos psicológicos que nos envuelven y definen nuestro sentido del yo. Para el son, la existencia también tiene que ver con conexiones profundas con el entorno, con el mundo natural, con la tierra. La Antologia puede sonar como un bestiario mexicano, con sus terneras, venaditas, jilgueritos, cabritos, caimanes, mariquitas, garzas, galos y guajolotes. También puede sonar -sí, Beno- como un mapa topográfico, con todas sus colinas, ríos, riberas, flores y hondonadas, un paisaje vivo en sonido. Hay dos versiones de “La Mariquita” en la Antología, una de elas en este sontrack, a cargo del Conjunto de Bardomiano Flores. Con tres guitarras, violín y tamborita (grabado por Beno en Tlapehuala, Guerrero), la versión de Flores capta bien la ontología del son; es bestiario, mapa topográfico y filosofía del amor, todo en uno. La canción se desarrolla a través de los ojos de una garza morena que grita
de dolor. Suplica a la mariquita que le quite -quita, quita, quita- su sufrimiento. Si ela supiera cuánto la ama. La conversación sobre el amor y la melancolia se enmarca en el paisaje natural. La garza habla del lucero del alba y del agua. El agua que se derrama no se vuelve a recoger. Y como canto ontológico, también reflexiona sobre la finitud de la existencia. “Hay muertos que no hacen ruido”, dice la garza, “y son mayores sus penas”.
La frase me hizo pensar en Beno. Lleva muerto casi cuarenta años y sigue haciendo bastante ruido. La Antología sigue encontrando nuevos oídos. Esta banda sonora y su película podrían crear también una nueva era de benófilos. Quizá, como dijo la garza, sus penas ahora sean menores.
La banda sonora de la película del hijo sobre su padre comienza con un golpe doble. En primer lugar, la cita inicial del actor Sergio Guzik, leyendo un verso de “La Josefinita” que recuerda a La vida es sueño, de Calderón de la Barca, del siglo XVII: “Qué mundo tan engañoso / Todo es un sueño / Todo es una ilusión”. Lo pronuncia con precisión teatral, como si fuera el punto culminante de un soliloquio, pero cuando Beno graba a Antonio de la Cruz y Tomás de Jesús cantándola en Jaracuaro, Michoacán, en (circa) 1963, el verso se pliega casualmente en el temblor agudo de sus voces enredadas. La poesía es incidental, la investigación filosófica informal. En esta canción sencilla y humilde -sólo cantantes y cuerdas- las ideas son grandes: el engaño de la vida, la ilusión de que sea algo real.
Beno la grabó ocho años antes que sus primeras grabaciones de la Antología. Es sólo un ejemplo de lo diferentes que son las elecciones de canciones en este sontrack de las de la Antología. Aquí el objetivo no es documentar una tradición o sus valores. Aquí el objetivo es reconstruir un rompecabezas que es el propio coleccionista. Este es el álbum del hijo, no del padre. Es el hijo escuchando a su padre que escucha, es el hijo escuchando por su padre. El hijo elige canciones de entre las muchas cintas del padre en su intento por descifrarlo. Hay muchas grabaciones de campo del mundo de la música huasteca, el estilo favorito de Beno, y grabaciones históricas y finales -el hijo las llama “milagros”- de legendarios músicos veteranos que significaron mucho para el padre, y que el hijo estaba decidido a incluir aquí. Bardomiano Flores falleció poco después de que Beno lo grabara en 1978. Beno grabó al estimado violinista Carlos El Zurdo Castillo Vileda del Trío Tamazunchale ese mismo año, y poco después, Castillo desapareció y nunca volvió a hacer música así. El son también incluye una versión de “La Malagueña” de Los Marineros de Apatzingán, en la que participa el violinista Jesús Espinoza Mendoza El Jazmiche justo antes de fallecer también. Grabada en 1977 en Apatzingán, Michoacán, la interpretación tiene un valor adicional: fue la única que el hijo presenció de primera mano. Escuche “La Malagueña” de Los Marineros y podrá oír al padre y al hijo escuchando, podrá oír al hijo escuchando con el padre.
Esta banda sonora también incluye cuatro tomas en vivo de los años sesenta en El Pesebre de la Ciudad de México, con toses, pisotones y aplausos del público, que nos ofrecen una rara ventana al espacio urbano que Beno creó para la música rural que amaba. Escuchamos el descarnado lamento oaxaqueño de “La Sandunga” en el momento en que se comparte con la multitud de la capital, el espasmódico torbellino de acordeón del “Sube y Baja”, un recordatorio de que a Beno también le gustaba la música norteña. El Pesebre fue un vínculo entre la música folclórica mexicana y la música folclórica del mundo, atrayendo visitas ocasionales de folcloristas internacionales como Pete Seeger y John Joast. Por eso es importante que el hijo incluya a este último interpretando “Hangsman”, un inquietante folk-blues de árbol-horca. Beno comprendió que la música tradicional mexicana no estaba ocurriendo en algún vacío selado nacionalmente. Ya fuera durante el renacimiento folclórico internacional de los años 60, los días de la “música del mundo” de los 8 0 y 90, o ahora mismo en todo Estados Unidos, donde los inmigrantes mexicanos y sus hijos tratan el son -desde el huasteco al jarocho pasando por el jalisciense- como un recurso vivo para una vida contemporánea bicultural y bilingüe, la música regional de México siempre ha tenido muchas vidas.
Quizá Beno también previó que sus grabaciones del son pronto hablarían tanto de sus raíces en México como de sus migraciones hacia el norte, del otro lado de la frontera. Después de todo, él era un judio mexicano y un mexicano israelí, un nativo y un inmigrante, muy en sintonía con la doble vida de la diáspora. La banda sonora del hijo termina con este doble filo, reafirmando el judaísmo de Beno. Por primera vez escuchamos una grabación no de otros haciendo música, sino del propio padre. Acompañado de guitarra y violín, Beno canta “Shma Bni” en hebreo. “Escucha, hijo mío, las lecciones de tu padre”, canta. “Toma estas alas para volar, con estas raíces crecerás”. El hijo obedece. Ha escuchado las lecciones de su padre. Las raíces se han transmitido y, con esta colección, las oímos crecer. Son alas.
Este texto fue nominado a un Grammy 2025 por “mejores notas de un álbum”
Josh Kun


